Sin embargo, el martes esta situación dio un giro que no me esperaba. Gestos simples, sin un gran mérito, me habían devuelto a días como los de diciembre. El simple hecho de ponerme una tirita, de cogerme la mano con esa delicadeza y rodearme el dedo con ella me hizo estremecer. Nunca había visto un gesto así en ella; tan tierno, tan... dulce... De repente, noté que la mano en la que tenía el vaso de agua me temblaba y que me ponía roja y que, a la vez, no era capaz de hacer otra cosa que sonreír mientras la miraba, de reojo. Me acerqué el vaso a los labios, sintiendo su sonrisa fija en mí y luchando por que no se notase ese nudo en el estómago que desde el primer día me provocaba y que, meses después, seguía provocando.Sonreí un segundo y la miré, encontrándome de lleno con su exótica mirada. Al verla, al ver el efecto que seguía teniendo en mí su simple presencia, me di cuenta de que todo era real, de que no había dudas...
-Te quiero...
... de que realmente se leía en sus ojos la verdad de ese "Para siempre"...
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