Mostrando entradas con la etiqueta Akecheta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Akecheta. Mostrar todas las entradas

jueves, 13 de septiembre de 2012

Akecheta #1



   Cuando La Sabia salió de la tienda, apenas hacía un par de horas que había oscurecido del todo. Corrió la cortina tras de sí con un bulto entre sus brazos, pero su cara era seria. Todos en el pueblo lo sabían, no había sido un proceso fácil, ni siquiera lo fue en las primeras semanas. No habían pasado ni seis meses desde que les avisó de los problemas que traería aquella criatura y esa noche se estaban haciendo realidad uno a uno. La anciana se acercó a él, y le depositó el pequeño en sus manos.
    -Tu Ashwin...
    -Lo sé, lo sé... Lo he sentido - contestó, rodeándolo con sus brazos. - Tal y como dijiste.
    La anciana sonrió, sólo un segundo
    -Las runas no se equivocan, a-tsu-tsa
    -"Muchacho"... Hacía años que no me llamabas así... Demasiados. - hizo una pequeña pausa, mirando al niño - Pero él ha sobrevivido
    -Igual que su abuelo. Es un luchador. Un guerrero
    El hombre miró al cielo, fijando la vista en la Luna llena. Miró a su hijo una vez más, y sonrió.
    -Akecheta...


    Y volvía ser de noche. Allí, en medio del bosque que conocía como la palma de su mano. Por eso tenía ese nombre, el nombre que había tenido su abuelo antes que él, al igual que el abuelo de su abuelo. Porque, cada dos generaciones, en aquella familia nacía un pequeño guerrero. Listo, fuerte, ágil. Su padre lo sabía, lo supo en cuanto vio su cara asomando entre las mantas. Y ahí, contemplando la blanquecina luz que la Luna desprendía, él también lo supo y, de pronto, lo comprendió todo.
    Estaba ahí para protegerlos, para cuidarlos. Era él. Era él el que se pasaba las noches eclipsado mirando su pálido resplandor, auyando en sordas contestaciones al canto enfurecido que sonaba más allá de sus fronteras, donde todo el bosque parecía querer escuchar a los lobos en su perseverancia diaria. Era él, el que los oía, el que los entendía. Era él, el que amaba la luna, el que protegía el recuerdo de Wa-hya, la esencia del lobo... La esencia de su pueblo...

El joven Akecheta...
... El joven guerrero

domingo, 1 de julio de 2012

Febrero



     -Hay una vieja leyenda que suena en el viento, que fluye con el agua y se mezcla con la tierra. Una leyenda de esas que se cuentan de abuelos a nietos alrededor de una hoguera, como se hacía antes, para no olvidarse de las raíces que nos forman.
    >En esta historia, vuelve a ser el lobo el protagonista. ¿Os acordáis del Lobo? No del animal en sí. Hablo de Wa-hya, El Lobo, el espíritu del bosque. Ése que dejó parte de su esencia con nosotros, dando vida a esas criaturas a las que tememos sin deber y oímos sin escuchar. ¿Sabéis por qué aúllan los lobos?
     -Para comunicarse
     El niño había alzado su voz, orgulloso. El anciano le miró, medio sonriente, con la vista fija en los ojos del pequeño al otro lado de la hoguera, viendo a través del fuego.
     -No, joven Akecheta. El lobo no aúlla para comunicarse. Al menos no con sus iguales.
     -¿Con quién se comunica?
     El anciano volvió a sonreír en dirección al más pequeño del círculo, que apenas contaba cinco primaveras.
     -Como todos sabemos, la única prioridad de los lobeznos es su madre. Cuando estos sienten la llamada del Lobo, cuando dejan atrás a su madre y emprenden su camino, comienzan a apreciarlo todo. Dicen que un lobo no es un lobo hasta que no pasa la noche solo, porque es entonces cuando contempla de verdad la luz de la noche.
     -¿La Luna?
     La voz de Akecheta interrumpió el silencio del bosque. El anciano afirmó con la cabeza
     -La Luna. Se dice que desde que la luz de la Luna se refleja en las pupilas del animal por vez primera, éste queda a su merced. Le roba el alma, le quita el sueño, le arranca la voz. Se enamora. Y desde esa noche primera de su vida, el lobo aúlla, insiste, le implora que baje; siendo únicamente dueño de la luz que le baña. Cuenta la leyenda que aúlla durante toda su vida, y que, en sus últimos días, aúlla más que nunca, incluso cuando el Sol le impide ver su pálida luz. Sin embargo, en su última noche, el lobo se calla.
     -¿Dejó de amarla, abuelo?
     -No, no dejó de amarla, que no pudo alcanzarla...